martes, 12 de octubre de 2010

El icono, habitación del Señor.

(...) el icono es considerado un espacio habitado por el Señor mismo. Es una presencia teúrgica, en cuanto que continúa la presencia de la gracia que salva, que purifica, que diviniza. Esta inhabitación en la tabla de madera, en los colores extendidos en ella, en las figuras dibujadas en ella, sucede en tres niveles:
- en primer lugar, en la creación misma. Lo creado está inhabitado por la presencia del Creador. Todo ha sido hecho por medio del Verbo y, por tanto, no hay nada que no tenga su semilla, su idea o su fundamento en Él;
- en un segundo nivel, la inhabitación del Señor en el icono tiene lugar en la obra artistico-espiritual. Como afirma Evdokimov, "Si nadie puede decir: ¡Jesús es el Señor! si no es por medio del Espíritu Santo (1 Co 12, 13), nadie puede representar la imagen del Señor si no es por medio del Espíritu Santo. Él es el iconográfo divino" Por tanto, es el mismo Espíritu Santo la fuente principal de la creación del iconógrafo. Esta inhabitación en la tabla, posible gracias a una "predisposición" dada por la creación y por el Espíritu Santo que personaliza la presencia del Señor, haciendo explícito el Rostro, es la presencia como Amor personal de Dios, es una presencia que se ata a la materia sobre el principio de libre adhesión, porque el amor está basado en una relación libre, desvinculada de cualquier necesidad y, por tanto, fuera de toda magia, idolatría, etc. El amor ha unido la naturaleza humana y la divina en Cristo. El amor, que se manifiesta en la veneración a Dios y a sus santos, unirá el arte humano del icono a la visión espiritual y a la comunicación de la gracia. La veneración sola pasa el último abismo porque no se detiene en las formas y tampoco en las nociones, sino que se dirige a la persona que vive;
- en un tercer nivel, la presencia de Dios se realiza en la liturgia de la que el icono forma parte. Es la oración de la Iglesia, de los fieles, la prueba de la presencia de Dios en el icono. Las oraciones mismas del pueblo de Dios ante el icono forman por si solas parte de la historia de salvación que el icono comunica.
No se trata, por tanto, de una presencia de Dios cualquiera a la que el hombre llega solo a través de una reflexión de los principios analógicos, sino que es una presencia transformadora y redentora, como la presencia de Cristo celebrada con todo realismo en la liturgia, donde la obra de redención es vivida no solo como memoria del pasado, sino como eficacia de la transfiguración, que continúa en la historia y también la transforma.
El icono es sustancialmente una visión sacramental del mundo, la visión de cómo la materia se ofrece para convertirse en lugar de salvación. Es por tanto, una iniciación a una comprensión no abstracta, sino íntegra, de la realidad de la historia del hombre en Dios y de Dios en la historia.


De La Fe Según los Iconos, Tomás Spidlik-Marco Iván Rupnik, Monte Carmelo, España, 2003.

Icono: Cristo arquitecto del mundo por Elena Storni.

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