miércoles, 13 de octubre de 2010

El iconógrafo y la creatividad personal

(...) El sometimiento del iconógrafo a las prescripciones canónicas parecería, según nuestros criterios "modernos", limitar la creatividad personal. Pero este "ascetismo artístico" es lo que S.L.Frank, un pensador ruso del siglo XX, establece como condición de todo arte verdadero. La acción creadora del hombre es una participación, y por tanto una imitación, en la obra creadora divina. Dios no solo crea por crear, sino para santificar, para divinizar lo que ha creado. Consecuentemente también el iconógrafo pinta solo aquéllas formas que pueden expresar la plenitud del Espíritu Santo. Sin embargo, al mismo tiempo es profundamente consciente de que, movido por el amor a la Palabra y a la Iglesia-que hace vibrar su alma en la liturgia-, pintando con el mayor amor posible, da una impronta totalmente suya. Puesto que el amor no es reemplazable, el icono lleva una huella profundamente personal. El amor cuanto más fuerte es, más personal y universal es. Esta es la función de la luz en el ícono. La pintura de los iconos ve en la luz no solo una realidad externa a los objetos, sino la identidad esencial e íntima de su sustancia. Para la pintura de los iconos, la luz sostiene y crea las cosas, es su principio creador que se manifiesta en ellas mismas, pero que no se limita a ellas. "Todo lo que se manifiesta es luz" (Ef 5, 13). Volviendo al iconógrafo, este trazo personal no se debe entender en sentido formal, sino que se debe buscar en la dimensión agápica, en una relación de amor que lo une a la creación del icono.


De La Fe Según los Iconos, Tomás Spidlik-Marco Iván Rupnik, Monte Carmelo, España, 2003.

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