domingo, 27 de febrero de 2011

Dios llega a nosotros no solo por la Palabra sino también por la Imagen (3)

De la proximidad entre la palabra-que aceptaban los iconoclastas- y del icono-que rechazaban-, los iconófilos extraen un argumento contundente. La aceptación de la Sagrada Escritura implica, si se quiere ser lógico, la recepción de la imagen sagrada. El Segundo Concilio de Nicea apremia el argumento: Si los Padres resolvieron que no habia que leer el evangelio, resolvieron por lo mismo que no había que tener imagenes; es así que ellos resolvieron que había que leerlo, por lo tanto resolvieron que había que tener imagenes: "La representación por la imagen reproduce la narración evangélica y ésta desarrolla a aquella; ambas son buenas y preciosas. La una esclarece a la otra". En el mismo sentido, el Damasceno, recurriendo a un texto de San Basilio donde este compara a los historiadores con los pintores, ya que lo que aquellos enseñan con las palabras, éstos lo muestran con la pintura, concluye enrostrando a los iconoclastas: "Por qué, pues, adoráis el libro y escupís la tabla?". San Niceforo, por su parte, retoma el argumento: "dado que (...) tanto la pintura como la escritura, proponen el mismo y único tema, (...) ¿quién que esté en su sano juicio o sobrio, cuando contempla dos cosas que no son diferentes, considerará digna de honor a una, y pensará que a la otra hay que quemarla? Porque si una es honorable, necesariamente lo es la otra; si esta no lo es, tampoco la primera. Y como de hecho en nada difieren, si alguien destruye a alguna, destruiría todo el conjunto del Evangelio...

De El Icono, esplendor de lo sagrado, P. Alfredo Saenz SJ, Ed. Gladius, 2004.

Foto: Nancy Nota, Jerusalen, 2008.

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