viernes, 14 de enero de 2011

El Santo, Icono perfecto.

El mejor icono de Dios es el santo, el hombre "transformado en esta misma imagen", según la expresión de San Pablo (2 Cor 3, 18). Para los Padres [de la Iglesia], un hombre no es plenamente humano sino cuando ha llegado a la madurez espiritual por obra del Espíritu Santo, cuando es efectivamente "imagen que se asemeja". La liturgia oriental llama al santo "el muy semejante". El santo es un icono viviente. (...) En este panorama adquieren todo su sentido los iconos de los santos, última estribación del misterio de la Encarnación del Verbo, cuya realidad no solo posibilita su propio icono, sino también el de aquellos "otros Cristos" que son los "muy semejantes". De manera particular el icono de la Santísima Virgen, la imagen más perfecta y la semejanza más lograda de Dios.

La oración litúrgica por la que se bendice el icono de un santo es suficientemente expresiva: "Señor Dios, tu creaste al hombre a tu imagen, la caída lo ha empañado, pero por la Encarnación de tu Cristo hecho hombre lo restauraste, y así restableciste a tus santos en su dignidad primera. Al venerarlos, veneramos tu imagen y tu semejanza y, a través de ellos, te glorificamos como a su Arquetipo". Por eso, durante los oficios sagrados, el sacerdote inciensa con toda naturalidad los iconos de los santos, e inciensa asimismo a los fieles, iconos vivos del Señor.


De El Icono, esplendor de lo sagrado, P. Alfredo Saenz, Ed. Gladius, 2004.

Icono: San José y el niño (detalle) por Rubén Nogueira.