viernes, 1 de abril de 2011

La luminosa armonía del cosmos

Dice (P) Florenskij que en el icono hay que distinguir, aún cromáticamente, el rostro humano de todo lo demás; el rostro, como expresión de la vida interior, y todo lo que no es rostro, es decir, el mundo de la naturaleza y el mundo creado por el hombre. En el lenguaje de la pintura de iconos, el rostro se llama mirada, semblanza, y todo el resto, o sea el cuerpo, los vestidos, los árboles, las rocas, los palacios, los edificios, etc., se denomina relleno o redundancia.
Sin embargo, la transfiguración del Señor, y su consecuencia, la iluminación del hombre, se irradia en el icono sobre todos los seres, animados e inanimados, que lo rodean. (...) En la vida de Cristo tenemos una indicación que preanuncia simbólicamente el comienzo del restablecimiento de la armonía del cosmos: su estadía en el desierto, cuando "moraba con las fieras, y los angeles lo servían" (Mc 1, 13). El Dios-hombre congrega las creaturas celestes y las terrestres (...). Es el inicio de la nueva creación-nuevos cielos y nueva tierra-, la unión en Cristo de todas las creaturas, liberadas (...), del reino del príncipe de este mundo. El más Fuerte ha vencido al Fuerte (Lc 11, 21-22). La idea del reencuentro cósmico inspira el contenido de un buen número de íconos.

Señala (P.D) Ouspensky que la armonía y el restablecimiento de la paz- la verdadera, la que Cristo vino a traer al mundo-, tal es la idea que está en el telón de fondo del icono. Cuando se trata de un santo, advertimos que en torno a él todo cambia de aspecto. El mundo se convierte en una imagen del mundo futuro, renovado y transfigurado; las cosas pierden su carácter habitual, banal y desordenado. Todo lo que entorna al santo- el paisaje, los animales, la arquitectura- se somete con él a un orden rítmico, todo refleja la presencia divina. La tierra el mundo vegetal y el mundo animal participan en la deificación del hombre.


De El Icono, esplendor de lo sagrado, P. Alfredo Saenz SJ, Ed. Gladius, 2004.

Icono: Cristo en majestad con ángeles por Elena Storni.