miércoles, 27 de abril de 2011

Imagen de culto e imagen de devoción (3)

El lugar pertinente de la imagen de culto es el ámbito de lo sagrado. Se accede a ella desde lejos, en peregrinación, y luego uno se vuelve a apartar de ella, regresando al lugar de origen (...), conmovido y santificado. (...) Tampoco tiene su lugar natural en una casa. Y cuando, a pesar de ello, como acontece en el Oriente, está en una casa y se la percibe tal como es, inmediatamente forma un enclave sacral; un lugar reservado en la pared, un rincón, un cuarto, en prolongación de lo sagrado, nítidamente distinguido del restante espacio utilitario. La imagen de devoción, por su parte, aunque se halle en una iglesia, lo está en cuanto que la iglesia es considerada, antes que el lugar de los misterios divinos, como un ambiente religioso, un sitio de edificación; está allí cual un adorno, sin distinguirse del modo como se encuentra normalmente en una casa, en la pared de un cuarto. El llegar hasta ella y el retirarse, no tiene un carácter cualitativo, sino solo espacio-temporal. La auténtica imagen de culto proviene de la inspiración del Espíritu Santo. Es cierto que toda obra de arte exige no solo dotes en su autor sino también inspiración, y en este sentido, si es auténtica, tiene cierta dependencia del Espíritu Santo. La imagen de culto, sin embargo, está en un sentido especial bajo la dirección del Espíritu: sirve a su obra en la Iglesia, de modo análogo a como le sirve la inteligencia cuando hace teología (Ex 33, 31-34), o el vidente cuando profetiza. Quizá sea lícito incluir el don del arte sagrado entre los carismas del Espíritu, de que habla San Pablo (1 Cor, 12). Termina (R) Guardini sus reflexiones afirmando que la imagen de culto tuvo su período de esplendor en los tiempos pasados, entre los que señala el primitivo cristianismo, el románico y el primer gótico. Obviamente (...), en el ámbito oriental, el arte bizantino y su derivación rusa. Luego predominaron las imagenes de devoción. (...) ¿Será todavía hoy posible la imagen de culto? Nos parece que un excelente complemento al análisis de (R) guardini nos lo ofrece (P) Evdokimov cuando, refiriéndose a este tema, dice que toda obra puramente estética se abre en un tríptico cuyas partes son el artista, la obra y el espectador. (...) Y aun cuando la obra de arte verse sobre un tema religioso, y consiguientemente la emoción se haga sentimiento religioso, este no proviene sino de la capacidad subjetiva del espectador para experimentarlo, y no es apto para enmarcarse en el contexto del misterio litúrgico. El arte sacro del icono, por el contrario, trasciende el plano emotivo, y por eso, no haciendo concesiones a la sensibilidad, se muestra con una cierta sequedad y despojo hieráticos. En razón de su función litúrgica, el icono rompe el triángulo estético y su inmanentismo consiguiente, abriendose a un cuarto principio que está más allá del triángulo, a saber, la trascendencia.

De El icono, esplendor de lo sagrado, P. Alfredo Saenz SJ, Ed. Gladius, 2004.

Imagen: Expresión del arte cristiano primitivo (mosaico), foto gentileza de Nancy Nota.